18 de febrero de 2015

Las fronteras de nuestros límites


Las personas somos seres que vivimos vidas insignificantes comparadas con la inmensidad del espacio. Tanto así que resulta descabellado aplicar, actualmente, el principio antropocéntrico que afirmaba que el hombre estaba en el centro de universo. Igual de absurdo suena, hoy en día, creer que la Tierra, una roca más volando en una galaxia más, sea el único planeta habitado en toda la creación. Sin embargo, aún no se ha encontrado evidencia de vida extraterrestre, aunque algunas personas parezcan aliens.

Eso no quiere decir que no exista pero es posible que sí indique que la inmensidad del espacio es abrumadora. Puede que sigamos solos en el vacío del espacio durante mucho tiempo, solo porque el tamaño del universo es ridículamente grande. A pesar de todo esto, que no es moco de pavo, nos dedicamos a preocuparnos por cosas completamente irrelevantes como acumular bienes materiales para esta vida y la siguiente. También, vivimos vidas preocupantemente intrascendentes que no llevan a nada.

¿Dónde queda la aspiración por la inmortalidad? ¿Es que nos hemos conformado con vivir como meros mortales sin dejar más que polvo tras nuestra corta existencia? Detrás de cada escritor, se esconde un rebelde inconforme con su tiempo, con su sociedad, en fin, con lo que sea. El acto de escribir es una apuesta por una longevidad asegurada que llegará más allá de nuestra vida mortal. Así, hay muchos autores que llevan muertos siglos pero siguen vivos en las clases universitarias, tanto así que algunos campos del saber quedarían yermos si se les diese permanente sepultura.

Una persona no muere cuando su cuerpo deja de funcionar sino cuando todo lo que hizo durante su vida llega a un final absoluto e irrevocable. Como decía Nietzsche, en el Ocaso de los ídolos, me niego a ser tan corto de miras como para no aspirar a la vida eterna. Por eso, cada día pienso en lo trascendente de esta vida, aquello que está ante mí o a mi alrededor y que no puedo ver pero que sí alcanzo con la imaginación y la deducción.

Las fronteras de uno mismo deben estar en constante crecimiento, ya que lo contrario equivale a la muerte en vida. Todo ser vivo crece a lo largo de su vida pero llega un momento en el que el cuerpo ya apenas crece, salvo a lo ancho, como se suele decir. Sin embargo, el ser humano es capaz de crecer toda su vida, intelectualmente. Renunciar a este crecimiento, ya sea de forma voluntaria o involuntaria, es renunciar a la condición humana.

A diario, veo gente preocupada por el dinero, que corre de un lugar a otro en el suburbano, que sufre, que se estresa, pero pocas personas parecen estar pensando en algo más que lo siguiente que deben hacer. Lo trascendente parece brillar por su ausencia, en nuestra vida diaria, porque hemos trivializado la vida reduciéndola a una mera lucha por la existencia a pesar de que nuestra naturaleza es muy superior a la existencia de cualquier otro ser en la faz de este planeta. Me pregunto, por lo tanto, ¿qué nos ha pasado? ¿Hemos renunciado a nosotros mismos dejando de lado a lo trascendente?

César P.

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